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jueves, 14 de noviembre de 2013

De la cura en el arte por Hanni Ossott

Observa el limite.

Sé reverente al hablar.

Apolo, Templo de Delfos.


En las olas de Virginia Woolf, Rhoda salta, obsedida, un charco. Y a veces se detiene ante él y lo piensa. Piensa en el charco. En toda la novela el charco reaparece y con ello el temor de Rhoda ante él. Pero no llegamos a saber qué es su charco. Ella se desdibuja ante el secreto de su irremediable y aparente inmensidad. Virginia Woolf se cuidó de descifrarlo. Ella supo que en las fronteras de la literatura y el arte siempre había un charco. Una suerte de pozo medianero que puede albergar cualquier cosa. Sabandija, lagartos, vómitos, zapatos abandonados y horquillas para el pelo. 
Todo escritor alberga en sí un pantano. Así también todo hombre. El basurero del alma está a la orden del día. Lo deforme, lo cruel, lo podrido, el desequilibrio se tejen y se mezclan entre nuestras más finas bondades. Pareciera que no estamos hechos de una misma sola pieza: horror y belleza están inscritos en nuestro corazón. Pero nuestro empeño, como occidentales ha sido destruir la serpiente pitón fija en nuestra alma, o al menos luchar contra ella, en el charco está la serpiente pitón, esa que venció al curador Apolo. Apolo, por supuesto, como imagen es demasiado para nosotros y apenas podemos imitarlo. Solo quiero decir que vivimos hoy en la cura o debemos vivirla...
El artista debe vivir la cura. Esto suena escandaloso, pero es así. La cura quiere decir aquí mantener una tensión lírica con la alta presión de contenidos desbordados del alma. Creo fervientemente que sobre el papel y desde la escritura , el vómito es deleznable y servil. La libertad consiste en conocer nuestros excesos.
Siempre me ha maravillado la tensión moral y educativa de un Thomas Mann que pudo plantear un problema sobre la belleza y la sensualidad en términos de la distancia y la forma. Eso fue en 'La muerte en Venecia'. El drama del cuerpo y el espíritu, su profundo e irresoluble combate, la valentía de Von Aschenbach ante la contradicción, y la enseñanza de Platón al fondo, me han impresionado durante años.
La severidad, la mesura, la contención y la delicadeza con que Thomas Mann trabajó en esa novela el arduo aspecto de la sensualidad, me ha llevado a no separarme de ella. Y durante catorce años he hablado de esto en la Escuela de Letras.
 Thomas Mann otorgó a los escritores y artistas una enseñanza: el sabía que en los abismos del arte habitaba la amoralidad e incluso la inmoralidad. Lo perverso, lo perdido están a la mano. Las roturas, la herida... Eso es inevitable.
No se trata de hacer un arte 'curado'. El arte no es necesariamente sano. La belleza de la Venus de Milo no es sana. Detrás de ella hay una larga tradición de convulsiones. Esa belleza surgió de la conciencia del horror. Hay pues un equilibrio entre belleza y horror que solo dos ejemplos podrían explicarlo por ahora. Rilke dice: 'todo Ángel es terrible'. Rodin esculpió dos manos en tensión acercándose y nunca se acercan. Él las llamó 'La Catedral'. También Venecia es muy bella, alberga la podredumbre con equilibrio.
La vulgaridad nunca ha pertenecido al arte. Veo al fondo de mí, el azul de Florencia y los rosados de Perugia. Pero también veo lo que se hace sin fuerte conciencia de alma y sin guía.

Aschenbach había escrito expresamente, en un pasaje poco conocido de su obra, que casi todas las cosas grandes que existen son grandes porque se han creado contra algo, a pesar de algo: a pesar de dolores y tribulaciones, de pobreza y abandono; a pesar de la debilidad corporal, del vicio de la pasión. -Thomas Mann

viernes, 8 de marzo de 2013

Diarios de Anaïs Nin, Vol. 5 (1947-1955)

Los educadores hacen todo lo que está en su poder para prepararte de tal manera que después de la universidad disfrutes la lectura. 

Es justo también, que leas de acuerdo a tu temperamento, ocupación y/o vocación. Pero es una señal de gran inseguridad interna el hecho de ser hostil con lo que no nos es familiar.


En la ciencia se respeta el trabajo del investigador. Pero en la literatura no solo deberíamos leer los libros bendecidos por una mayoría. Esta tendencia se ve reflejada en anuncios absurdos como: "La muerte de la novela" "El último de los románticos" "El último bohemio", sabemos muy bien que estas tendencias persisten, y en cierta manera evolucionan pero rara vez cambian de forma. 

Suprimir los modelos internos en favor de los modelos preestablecidos o creados por la sociedad resulta bastante perjudicial. Las revueltas artísticas, la experimentación e innovación no deberían ser recibidas con hostilidad. 
Sí, pueden alterar el orden establecido o el Convencionalismo artificial, pero pueden también rescatarnos de la muerte en vida, del automatismo, la monotonía, la perdida de uno mismo y la esclavitud.

Cuando aceptamos totalmente un patrón que no está hecho por nosotros, que no es realmente propio, nos marchitamos y morimos. La estructura convencional de las personas es a menudo una fachada. Pero debajo de los más rígidos convencionalismos siempre hay un individuo, un ser humano con pensamientos originales y una fantástica inventiva que muchas veces no se atreve a exponer por miedo a ser ridiculizado, eso es lo que el artista y el escritor está dispuesto a hacer por nosotros, son guías y cartógrafos para la sinceridad, son útiles, de hecho indispensables, para la comunidad. 
Ellos preservan esas variaciones que son las que hacen a los seres humanos interesantes. Necesitamos aventureros en los ámbitos de la ciencias y las artes, si por el contrario los suprimimos tendremos a los anarquistas y rebeldes que estallaran en los más cercanos confines en forma de violencia y crimen. 

sábado, 16 de febrero de 2013

“Life has been some combination of fairy-tale coincidence and joie de vivre and shocks of beauty together with some hurtful self-questioning.” 

— Sylvia Plath

domingo, 15 de julio de 2012

Nostalgias...


'La gran puta si yo tendría dinero'. Así que (pensaba Martín, mirando a Tito que miraba a su padre) ¿que es la Argentina? Preguntas a las que muchas veces le respondería Bruno, diciéndole que la Argentina no era solo Rosas y Lavalle, el gaucho y la pampa, sino también ¡Y de qué trágica manera! el viejo D'Arcángelo con su galerita verde y su mirada abstracta, y su hijo Humberto J. D'Arcángelo, con su mezcla de escepticismo y ternura, resentimiento social e inagotable generosidad, sentimentalismo fácil e inteligencia analítica, crónica desesperanza y ansiosa y permanente espera de ALGO. 'Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno)porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa, Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento. Sí, la nostalgia del viejo D'Arcangelo -comentaba Bruno, como para sí mismo-...Pero es que aquí todo era nostálgico, porque pocos países debían haber en el mundo en que ese sentimiento fuese tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego en los indios, porque añoraban su libertad perdida, su propio sentido de la existencia; más tarde, en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exiliados en su propia tierra, rememorando la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, como don Pancho, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se había convertido en el tiempo de la mezquindad y de la mentira; y en los inmigrantes, en fin, porque extrañaban su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades, junto al fuego. Y ¿como comprender al viejo D'Arcangelo? pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra, y no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo (¡pero tan querido, tan añorado!) pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito. Cosas así. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando, en este país de emigrados, el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquel árbol o de aquel arroyito de la infancia; que no sólo están separados por los abismos del tiempo sino por vastos océanos. Y así nos es dado ver a muchos viejos como D'Arcángelo, que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria.

Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) vamos cambiando con los años, y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en nosotros, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso: la memoria, la misteriosa memoria de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que fuimos.

Sin la cual (¡y qué terrible ha de ser entonces! se decía Bruno) esos hombres que la han perdido como en una formidable y destructiva explosión de aquellas regiones profundas, son tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo.'
-Sobre Héroes y tumbas, Sábato Ernesto, p. 185 y 186.